Flanco de ladrido al viento,
piel borracha de calandrias,
los gurises pescadores
salen a enhebrar mojarras.
Llovizna de vuelos libres
les eriza la mirada
mientras deshilan los sauces
briznas de agudas distancias.
Alas y picos errantes,
por miradores de paja,
anzuelan los remolinos
para capturar la escama.
Cautela de ojos oscuros
enciende la desconfianza,
porque el río cubre, siempre,
huecos de lenguas amargas.
Saben del riesgo que encierran
los dedos turbios del agua
cuando las manos de arcilla
afilan sombras quebradas.
Más allá de los zanjones,
donde el cauce se descalza,
en la grupa de las olas,
los camalotes cabalgan.
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