El verano es un follaje
tupido, para los ceibos
que alborotan floreciendo
sus pajaritos de fuego.
Entonces, es lindo andar
de la mano del abuelo
para que aproveche el sol
y se caliente los huesos.
Su voz de tabaco antiguo
camina con paso lerdo
y se apoya en mis asombros
mientras desciñe recuerdos.
Él cuenta historias de luces
que vagan en el silencio…
de la Solapa, rondando
el borde de los esteros.
Pero también sabe ver
las cosas que yo no veo:
cuando ha de crecer el río,
por qué se asustan los teros,
adonde azota el pescado,
cómo fijar los anzuelos…
¡Cuánto tiene que aprender
mi verano, de su invierno!
1 comentario:
Que belleza, cuánta dulzura. Gracias por revolver el paisaje de la niña que fui.
rosa_desastre
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