La luna viene asomando
mejillas de pergamino
porque, detrás de los sauces,
el sol se baña en el río.
Desciñe, el ocaso, lumbres
que los duendes, distraídos,
olvidaron en las ramas
del ceibo y el espinillo.
Indiscreciones de perros
siguiendo un vuelo perdido
enredan, por las totoras,
el eco de sus ladridos.
En un corral de hojalata,
las manos de barro y nido
deshacen lana en vellones
para trenzar el abrigo.
Sentadito en la ternura,
el asombro es un suspiro
aspirando la tibieza
de los plumones dormidos.
Un abrazo de tacuaras
encierra fuegos nacidos
para encender la polenta,
cuando florezcan los grillos.
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