Enhebran las alas blancas
toda la extensión del cielo.
Ha nacido un gurisito
en un bendito sin dueño.
Su madre, dulce y sumisa;
su padre, fuerte y moreno,
envuelven en los harapos
el cuerpecito pequeño.
Siguiendo la estrella herida
del farol tiznado y viejo
vienen, acarreando ofrendas,
los corazones isleños.
Traen pescado fresquito,
tortas fritas, pan casero,
y una yuntita de patos
que inhabitaron el vuelo.
Amotinando el asombro
en sus grandes ojos negros,
pastores de tierra y agua
huellan destruidos senderos.
Borrachos de Capricornio,
los carpinchos y los perros
se tienden en la gramilla
para proteger su sueño.
Mientras despeinan los juncos
las caracolas del viento,
el río canta, en la orilla,
villancicos navideños.
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