En las solapas del ceibo
la siesta enreda sus flores.
Coqueterías de siestas
enamoradas de soles.
Un duende cuelga zarcillos
de calandrias, en el monte,
y el aromito despliega
sus amarillos faroles.
El balde oxida paciencias
reflejando, entre los bordes,
un rumbo de golondrinas
hacia blancos miradores.
Para romper espineles
de pájaros pescadores,
el río pasa, golpeando
con puños de camalotes.
Manos de pieles curtidas
por lenguas de viento norte,
se abisman en la ternura
del perro sin sobrenombre.
Desde lo alto de su infancia,
los niños despeñan voces
sobre las hierbas, que ensayan
un asombro de temblores.
Mientras se calza la siesta
frescas sandalias de adobe,
brisas de cielo encendido
desnudan el horizonte.
1 comentario:
Acabo de revivir las siestas sin sueño de mi infancia. Qué preciosas e irrecuperables... y aunque ahora las siestas sin sueño sólo son eso y no juegos de caramelo como antes, a veces, al leer poemas como el tuyo, Normi, se llega a sentir aún ese aire distinto, ese calor de piececitos corriendo, desobedientes, hacia la luz, la pandorga, los cuentos...
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