La pava deshoja hollines
sobre la piel de los leños
y agonizan los timbóes
por los anillos del fuego.
Con dedos de sombra herida
la noche enciende el lucero
porque la infancia se duerme
bajo la escarcha del miedo.
Los párpados sin orillas,
borrachos de alas y cielo,
urden ternuras descalzas
en el aire polvoriento.
Aterida de lloviznas,
su sangre viene creciendo
desde el fondo de las pieles
hasta la furia del viento.
Por caminos de ceniza
huellan la tierra sus sueños
detrás de lunas vacías
y cucharas de silencio.
Arropado en la inocencia
duerme su cuerpo pequeño
mientras el hambre cabalga
corceles de cascos negros.
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